“Mens sana in corpore sano”

Con el paso del tiempo cada vez tenemos más indicadores del efecto de la mente sobre la prevención y curación de las enfermedades del cuerpo.

– Entras en la consulta, el médico te dice que los resultados de las pruebas realizadas indican que tienes esta u otra enfermedad más o menos grave…

 

A partir de ese momento, en la mayoría de los casos, apenas entenderás nada de lo que te diga, de hecho, dejarás de escuchar dominado por las0002093800XX-849x565 emociones, principalmente la emoción del miedo, la cual se presenta en cuanto el sistema límbico de nuestro cerebro (el almacén de nuestros recuerdos y emociones) analiza y valora que determinada situación nos desborda, el sistema intentará buscar los recursos con urgencia, lo que hará que nuestro cerebro deje de prestar la atención necesaria al médico y sus explicaciones.

Este miedo, nos hace sentir indefensos, expuestos y débiles, y nuestra vida da un cambio drástico: y apenas nos conocemos a nosotros mismos, nos sentimos unos completos desconocidos y, encima, sin ningún control aparente de nuestro futuro.

 

 

A lo largo de la historia, pero no en todas las culturas, el ser humano ha querido sanar el cuerpo por medio de plantas medicinales, de la religión, supersticiones,  menospreciando el poder de la mente. Las enfermedades, en muchos casos, se consideraban un castigo divino y el hombre poco podía hacer para solucionar aquello que su dios o dioses enviaban. Con el tiempo, la ciencia fue desarrollando vacunas y técnicas dándonos la capacidad  de devolver la salud a un cuerpo maltrecho. En ese momento, separamos la medicina de Dios, ahora los dioses éramos nosotros (y aún seguimos creyéndolo) y la mente, esa parte etérea de nuestro ser, se quedó aún más relegada a una mera rama de la medicina: la psiquiatría, enormemente incomprendida durante siglos, dicho sea de paso.

 

Llama la atención esta separación de la mente y el cuerpo (y del espíritu) cuando en realidad, las emociones y, por lo tanto, el poder de las mismas están inevitablemente unidas al cuerpo físico.

Es en esta era, cuando comenzamos a ver más allá, empezamos a valorar no sólo nuestra ciencia ya que también estamos iniciando el conocimiento del poder de la mente sobre el cuerpo, incluso, el poder del espíritu, pero eso es más complejo.
En los tiempos en los que nos encontramos, la sanidad está en pleno cambio, sufre los estragos de la economía, la cual lleva a restringir el número de profesionales sanitarios y, en consecuencia, el tiempo y medios que estos pueden dedicar a cada paciente. La formación de este personal  apenas trabaja la parte emocional, que deberá manejar una vez se incorpore al mundo laboral quiera o no, y, por lo tanto, carece de los conocimientos y herramientas necesarias.

 

¿Es realmente tan importante el componente emocional en la sanación y prevención?

Las investigaciones más recientes están demostrando la gran importancia del sistema nervioso sobre la salud. Se ha visto que este tiene un contacto directo sobre el sistema inmunitario, y no sólo eso, además, los mensajeros químicos más activos (responsables de la coordinación de las diferentes partes del organismo) están concentrados en las zonas del cerebro relacionadas con las emociones.

 

¿Cómo nos afecta esto?: El estrés, miedo, ansiedad, depresión, irritabilidad…

 

Todos sabemos que un sistema inmunológico débil, afecta al sistema nervioso, es decir, a nuestras emociones y, por lo tanto, reacciones, comportamientos, estado de ánimo, etc. Pero, lo más destacable en este artículo, es que un sistema nervioso activo, en equilibrio, con emociones controladas, supone un sistema inmunológico más eficaz.

 

  • Las personas con ansiedad crónica, deprimidas, pesimistas, irritables, tienen el doble de posibilidades de padecer asma, artritis, jaqueca, etc.
  • El estrés disminuye la resistencia de nuestro sistema inmunológico.
  • Una persona asustada, responde peor en una intervención quirúrgica, ya que sangra más, tiene más riesgo de infecciones y tarda más en recuperarse.
  • Las personas fácilmente irritables son tres veces más proclives a padecer un ataque cardíaco.
  • La recuperación de fracturas se ve también condicionada por el estado depresivo o no del paciente.
  • Sentirse querido, comprendido y apoyado prolonga el tiempo y calidad de vida.

 

¿Qué podemos hacer?

La parte positiva de lo comentado anteriormente, es que estos estados de ánimo son hábitos que, con un entrenamiento correcto y sostenido pueden variarse, es decir, podemos cambiar nuestra actitud ante la vida y, de esta forma, mejorar nuestro estado de salud.

 

¿Entonces…?

Es importante destacar que no somos  “culpables” de nuestra salud, pero sí responsables.

Que unos buenos hábitos emocionales son tan importantes como la dieta sana, el ejercicio físico y tener una ocupación, incluso, no debemos olvidar que estas variables están unidas.

De esta manera, una actividad física regular, nos mantendrá no sólo en forma, además, nos dará un estado de ánimo positivo y, por lo tanto salud. Una alimentación equilibrada, nos dará una mente despierta, que nos ayudará a su vez  a desempeñar nuestro trabajo correctamente, lo que nos dará una sensación satisfactoria del trabajo bien hecho y nos dejará más tiempo libre para hacer ejercicio.

 

Es hora de prestar atención a nuestras capacidades emocionales y trabajarlas, ya que eso beneficiará a nuestro estado de salud y, por qué no decirlo, revertiría notablemente en los gastos sanitarios disminuyéndolos al tener una población más saludable. La inversión de capital en la formación emocional de los profesionales sanitarios ya no es, por lo tanto, una cuestión de “amor al prójimo”, es una cuestión de supervivencia social e institucional.

 

Edurne

 

Bibliografía:

Ader, Robert et al. (1990)Psychoneuroinmmunology, San Diego: Academic Press)

Golleman, Daniel (1996) Inteligencia Emocional, Editorial Kairós.

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